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La historia de la ciudad de Barcelona: el lugar de nacimiento de la urbanización
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Cómo Barcelona se ha convertido en una obra maestra del arte urbano.

A mediados de los años 50, Barcelona estaba al borde del colapso. Siendo una ciudad industrial con un ajetreado puerto, había crecido con una cada vez mayor densidad de población a lo largo de la revolución industrial, sobre todo teniendo como punta de lanza el enorme desarrollo del sector textil.

La ciudad vivía a un ritmo más rápido que el resto de España y estaba lista para convertirse en capital europea. Pero su población de 187.000 habitantes todavía vivía en un área muy pequeña confinada dentro de sus murallas medievales.

Con una densidad de 856 habitantes por hectárea (París tenía menos de 400 habitantes en aquel tiempo), las tasas de mortalidad en aumento eran mayores que las de París y Londres; la esperanza de vida se había reducido a 36 años para los ricos y a solo 23 años para las clases trabajadoras. Las murallas se convirtieron en un riesgo para la salud ya que sofocaban literalmente a los habitantes de Barcelona – a quienes iba directamente dirigido el siguiente manifiesto de 1843:

“¡Abajo las murallas! ha proclamado el concejo de esta provincia, y ¡abajo las murallas! sin duda ha respondido vuestro consistorio, que conoce la importancia de hacer desaparecer esta franja que nos exprime y ahoga”.

Un año más tarde comenzarían finalmente los trabajos de demolición. Ahora la ciudad y el gobierno español tenían que diseñar y gestionar la repentina redistribución de una población proliferante. Era una decisión controvertida y de alto nivel político – que finalmente llevó al plan de expansión radical del por aquel entonces desconocido ingeniero catalán Ildefons Cerdà, de un amplio distrito en red fuera de las antiguas murallas, llamado el Eixample (literalmente, “expansión”). En el proceso, Cerdà también inventó la palabra, y el estudio de la “urbanización”.

A primeros del siglo XIX, la antigua ciudad amurallada de Barcelona estaba tan concentrada que las clases trabajadoras, la sociedad burguesa y las fábricas, todas cohabitaban en el mismo espacio. “Todo el mundo sufría las consecuencias de una densidad del nivel de Asia”, afirma el escritor y ensayista Lluís Permanyer, cuyo libro Eixample: 150 Años de Historia, narra ese periodo.

Puesto que no quedaba más terreno dentro de los muros de la ciudad, se emplearon todo tipo de inventos para construir más viviendas – las casas se construían literalmente en espacios vacíos. Se levantaban arcos en medio de las calles como base para construir y una técnica llamada retrotracción de fachadas hizo que los frentes de las casas sobresalieran en la calle a medida que se elevaban – hasta que casi tocaban el edificio situado enfrente (esta práctica fue prohibida en 1770 ya que no dejaba que circulara el aire).

El tráfico – por aquel tiempo coches de caballos – era también un problema: la calle más estrecha de la ciudad (que ya no existe) solo tenía 1,10 metros de ancho, mientras que alrededor de 200 medían menos de tres metros. Todo esto, unido al tipo de vida mediterráneo de los residentes (que suponía estar en la calle siempre que hubiera luz – y en el caso de algunos profesionales de la artesanía, también trabajar allí), empeoraba la falta de higiene que ya era muy grave en la ciudad.

Las epidemias eran devastadoras en Barcelona: cada vez que estallaba una, el 3% de la población moría, según indica Montserrat Pallarès-Barberà, profesora de geografía y urbanismo de la Universidad Autónoma de Barcelona. Ya solo el cólera mató a más de 13.000 personas entre 1834 y 1865.

En medio de todo esto vino Cerdà. Su plan consistía en una red de calles que unirían la antigua ciudad con siete villas periféricas (que más tarde se integraron en barrios barceloneses como Gràcia y Sarrià). El área que se había unido casi cuadruplicaba el tamaño de la antigua ciudad (que tenía alrededor de 2 km2) y que llegaría a conocerse como el Eixample.

Este desconocido ingeniero fue revolucionario en su concepto – pero también en cómo lo consiguió. Cerdà decidió evitar repetir errores del pasado llevando a cabo un amplio estudio de cómo vivían las clases trabajadoras en la antigua ciudad. “Pensaba que iba a encontrar todos estos libros de urbanismo, pero no había ninguno”. Permanyer afirmó. Así que se vio obligado a hacerlo él mismo.

El ojo de Cerdà fue tan cuidadoso como fascinante. El suyo fue el primer estudio científico meticuloso tanto de lo que era la ciudad moderna como de lo que aspiraba a ser – no solo como un espacio eficaz para compartir, sino como fuente de bienestar (que no era un concepto claro en aquella época).

Calculó el volumen del aire atmosférico que necesitaba una persona para respirar bien. Describió las profesiones que la población podría desempeñar y planeó los servicios que podría necesitar, tales como mercados, colegios y hospitales. Llegó a la conclusión de que, entre otras cosas, cuanto más estrechas eran las calles, más muertes había.

En resumidas cuentas, Cerdà inventó la “urbanización” – una palabra (y disciplina) que no existía en español ni en catalán, ni siquiera en inglés o francés, y que él codificó en su Teoría General de la Urbanización en 1867. Su trabajo todavía se estudia en los colegios catalanes a fecha de hoy.

“Las altas tasas de mortalidad de la clase trabajadora y las malas condiciones sanitarias y de la educación, empujaron a Cerdà a diseñar un nuevo tipo de plan de urbanismo”, como describió Pallarès-Barberà en un reciente artículo sobre este distrito.

Los jardines en el centro de cada manzana; pobres y ricos con acceso a los mismos servicios y un tráfico fluido, eran algunas de las ideas entonces revolucionarias e incluso de apariencia algo utópica – muchas de las cuales se materializaron en cierta medida (aunque no los jardines centrales).

El Eixample continúa siendo una parte prominente en la imagen de Barcelona hoy en día: los bloques octogonales, oblicuos en las esquinas, era una idea original para organizar el tráfico, permitiendo a los conductores mejorar su visibilidad a izquierda y derecha. Los coches no habían sido aún inventados – pero Cerdà descubrió el ferrocarril: “Vislumbró un tipo de pequeñas máquinas que funcionarían con vapor, que los conductores podrían parar frente a su casa”, explica Permanyer. Incluso ahora, este diseño hace que el tráfico circule con infinita facilidad en el Eixample.

Y sin embargo, ninguna de estas ideas fue bien recibida ni apreciada en Barcelona en aquel momento. Lo cierto es que cuando el ayuntamiento convocó el concurso público del plan de ampliación en 1859, lo había adjudicado a su arquitecto jefe, Antoni Rovira. Pero, inesperadamente, el gobierno español se inmiscuyó, y mediante la creación de un nuevo ministerio de obras públicas (que rápidamente controló los ayuntamientos), convirtió a Cerdà en un símbolo de las tensiones históricas – y futuras – entre las administraciones española y catalana.

Ello mancillaría para siempre el legado de Cerdà en la ciudad. Ingeniero viajado pero poco conocido cuando comenzó el proyecto que definiría su carrera, los arquitectos barceloneses inmediatamente desconfiaron de él, quienes estaban en medio de una considerable rivalidad con los ingenieros. Puesto que era imposible oponerse a los mandatos procedentes de Madrid, sus adversarios intentaron en cambio desacreditarlo ideológica e intelectualmente.

Importantes arquitectos como Domènech i Montaner (diseñador del célebre Palau de la Música) y Josep Puig i Cadafalch, criticaron y menospreciaron la excesiva anchura de las calles, la monotonía de la estructura de red y la repetición de las “plazas al estilo de los falansterios comunistas”.

“Ha recortado y convertido los jardines… y los espacios destinados a edificios públicos, en una monótona ciudad americana destinada a una tribu pretenciosa sin más aspiraciones que crear aglomeraciones de viviendas y locales para comer, beber y dormir”, comentó Cadafalch.

Pero mientras los arquitectos barceloneses rivales volvían sus espaldas a Cerdà, no fue así en el caso de la burguesía – al menos no toda. Algunos miembros fueron los primeros en beneficiarse (y en pagar) de este nuevo distrito, donde las familias que afluían encargaban a arquitectos como Antoni Gaudí el diseño de sus casas, convirtiéndolas en preciosas estructuras orgánicas que evocaban la naturaleza.

Con esta explosión de modernismo, emergió una tácita competencia urbana. Según Permanyer, los propietarios de inmuebles y arquitectos juntos querían construir “la casa más grande, más alta y más bonita. Es por esto que hay una rica diversidad arquitectónica en el área – que encaja con el toque anarquista de la burguesía local”.

Este sentido hacia el cambio viene ilustrado por una anécdota que una vez contó Salvador Dalí a Permanyer. Según el artista, al preguntarle a un miembro de la burguesía cómo quería que fuera su casa, contestaba “solo pido una cosa: que sea más alta que la de mi vecino, ¡que se fastidie!”.

Sin embargo, el plan de Cerdà era una “liberación para todos”, de acuerdo con Permanyer. El ingeniero era un socialista utópico – y en el centro de su urbanismo había un profundo sentido de igualdad y de ideología populista.

Había creado un barrio sin división de clases donde, tanto por razones ideológicas y de salud pública, la población se expandiría de forma igualitaria y donde no habría zonas exclusivas para ricos o pobres. Durante las siguientes décadas, el Eixample creció con grandiosos edificios modernistas codo con codo con casas de artesanos que pedían alquileres mucho más baratos.

Ramón Casas, un pintor que creció en una oscura casa de la ciudad antigua, fue uno de los artistas modernistas que se trasladó a este nuevo distrito y que podía ser visto a menudo paseando o montando en bici por las calles con personajes de la cultura amigos suyos. Su paleta cambió con la nueva luminosidad que los balcones del Eixample dejaban ver – mostrando con arte cómo toda la ciudad estaba lista para mirar y salir al exterior.

Hasta la fecha apenas ha sido citado en ningún libro de urbanismo escrito en español ni en catalán, pero Cerdà finalmente comenzó a atraer elogios de sus compatriotas e internacionalmente en los 80 y 90, cuando los arquitectos catalanes comenzaron a revisar la historia y a brindarle reconocimiento – algo que se hizo “oficial” cuando la ciudad albergó los Juegos Olímpicos de 1992.

Estos días, Barcelona es elogiada de forma continua como una historia de éxito urbano. Y sus fortunas están inexorablemente ligadas al trabajo de Cerdà, que la impulsaron, en palabras de Permanyer, “de ser una ciudad de provincias donde la vida era difícil, a una ciudad verdaderamente moderna”.

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