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La dimisión de Pedro Sánchez ha dejado al PSOE en crisis
Susana Vera/Reuters
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Paul Kennedy evalúa las implicaciones que la dimisión de Pedro Sánchez tienen para el PSOE, que ha experimentado un prolongado período de declive desde que ganó el poder por última vez en las elecciones de 2008.

El Partido Socialista Obrero Español (PSOE), que ha pasado más tiempo en el poder que cualquier otro partido político desde la muerte de Franco, se encuentra frente a su peor crisis en décadas tras la dimisión de su líder, Pedro Sánchez. Sin ningún partido político capaz de atraer el suficiente apoyo parlamentario para formar un gobierno tras las elecciones generales de diciembre de 2015 y junio de 2016, los partidos tienen hasta finales de octubre para alcanzar un acuerdo que evite otras elecciones en diciembre.

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A pesar de obtener solo 85 escaños en las elecciones generales de junio – el total más bajo del PSOE – Sánchez señaló que su partido seguiría votando en contra de Rajoy en cualquier otra votación de investidura, impidiendo así la mayoría simple que necesita para formar un gobierno. La postura de Sánchez estuvo en consonancia con una resolución aprobada por el órgano rector del partido, el Comité Federal, días después de las elecciones generales de diciembre de 2015, que pidió al partido "votar en contra de la investidura de Rajoy y en contra de un nuevo gobierno del Partido Popular".

A principios de semana, la autoridad cada vez menor de Sánchez se puso de manifiesto cuando la mitad de los miembros del Comité Ejecutivo del partido presentaron su dimisión, debido a su convicción de que un partido con tan pocos escaños no estaba en condiciones de formar un gobierno y mucho menos tratar de hacer eso con el apoyo de Podemos de Pablo Iglesias, y, posiblemente, de los partidos regionalistas que abogan por la independencia de España. Encontraron una perspectiva alarmante hasta el extremo. En respuesta, Sánchez propuso reforzar su posición apelando a los miembros del partido mediante la búsqueda de la reelección en unas primarias para el liderazgo en octubre, a las que seguirían un Congreso extraordinario en noviembre.

Sánchez sobreestimó la fuerza de su posición en lo que efectivamente fue un voto de confianza destacado por el hecho de que su propuesta obtuvo el apoyo de solo 107 miembros del Comité Federal, con 132 votos en contra. Escenas caóticas acompañaron a la votación, con cada bando acusando al otro por la conducta intimidatoria. La situación se volvió insostenible, Sánchez dimitió de inmediato y el partido se sitúo bajo el control de una dirección provisional encabezada por el presidente de Asturias, Javier Fernández.

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La dimisión de Sánchez marca solo la última etapa del prolongado debilitamiento del PSOE. La última vez que llegó al poder en las elecciones generales de 2008, el PSOE obtuvo más de once millones de votos, más que en cualquier momento de su existencia de 130 años. Cuando sufrió su tercera derrota consecutiva en las elecciones generales de junio de 2016, el partido había logrado menos de la mitad de esta cantidad.

A pesar de que el PSOE no ha corrido la misma suerte que su partido hermano griego, el Pasok, que ha sufrido una disminución del apoyo por parte de la izquierda radical de Syriza, ha encontrado dificultades para hacer frente a la aparición de Podemos desde 2014. Hasta ahora conquistando a la izquierda del espectro político, el PSOE tiene buenas razones para estar preocupado por las implicaciones de ser superado por otro partido. Mientras que – hasta el momento – el PSOE ha sido capaz de evitar este temido sorpasso, la dirección del partido es consciente de que alguna, tal vez más gradual, forma de pasokización le espera en los próximos años, a menos que pueda hacer frente a su crisis de identidad y vuelva a establecerse como un partido del gobierno convincente. Al igual que otros partidos socialdemócratas, el PSOE ha luchado por renovarse a sí mismo dentro de un entorno político que favorece las alternativas de centro-derecha y populistas durante un período de inseguridad generalizada.

Finalmente, Sánchez no consiguió ganar a un Partido Popular (PP) que estaba experimentando sus propias dificultades bajo el liderazgo de Mariano Rajoy. Después de haber obtenido su mayoría absoluta más grande hasta la fecha en 2011, al ganar 186 de los 350 escaños parlamentarios, el PP cayó drásticamente a solo 123 escaños en diciembre de 2015, antes de ganar 14 escaños adicionales seis meses más tarde. En las elecciones de 2015 y 2016, el PSOE obtuvo, respectivamente, 33 y 52 escaños menos que el PP.

Los acontecimientos de los últimos días no han ayudado a revivir la fortuna del PSOE. Aunque se puede argumentar que parece que Podemos, en los últimos meses, está alcanzando su techo electoral, apenas ha mejorado en su número total de escaños entre diciembre de 2015 y junio de 2016. Sin embargo, los esfuerzos actuales del PSOE han reforzado la impresión de que el partido de Iglesias podría ser capaz de renovar al PSOE cuando España acuda próximamente a las urnas. Tal perspectiva ayuda a explicar por qué los oponentes de Sánchez dentro del partido se vieron obligados a ir contra él. Dado que unas elecciones generales antes de finales del año también podrían beneficiar al PP, los estrategas del PSOE puede que comprensiblemente prefieran el mal menor de un gobierno del PP de minoría comparativamente débil a uno que obtenga un mandato más convincente en las urnas.

Profundamente dividido, con miembros que han respaldado en gran medida la postura de Sánchez y otros que han reprochado la manera en la que se había marchado. Aunque el tema del liderazgo acapara actualmente la atención, la verdad es que los problemas del partido van más allá de la cuestión de si Susana Díaz, presidenta de la Comunidad Autónoma de Andalucía y probablemente sucesora de Sánchez u otro candidato dirigirá el partido. Si, después de los acontecimientos de esta semana, el PSOE todavía puede demostrar la solidez por la que se le han reconocido su cerca de 140 años de historia aún está por verse. Tanto Rajoy como Iglesias deben estar frotándose las manos.

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