Lujo 2.0: Cómo las élites modernas demuestran su riqueza
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Te contamos en qué se gastan su dinero los millonarios de ahora.

En 1899 el economista Thorstein Veblen afirmó que las cucharas de plata y los corsés son signos de una posición social de élite. En el ahora famoso tratado de Vleben, The Theory of the Leisure Class, se acuñó la frase “consumo ostentoso”, que denota la forma en que los objetos materiales desfilaban como indicadores de posición y status social. Más de 100 años más tarde, el consumo ostentoso forma parte todavía del paisaje capitalista contemporáneo, y aún hoy, los bienes de lujo son mucho más accesibles que en los tiempos de Veblen.

Esta avalancha de lujo accesible es una función de la economía de producción en masa originada en el siglo XX, procedente la externalización de la producción en China y del cultivo de mercados emergentes con mano de obra y material asequibles. Al mismo tiempo hemos visto la llegada de un consumidor de clase media que demanda más bienes materiales y puntos de venta con precios más bajos.

Sin embargo, la democratización de los bienes de consumo ha convertido a estos en un símbolo menos aparente a la hora de reflejar el status. A pesar de la creciente desigualdad social, tanto las clases adineradas como la clase media poseen las más revolucionarias televisiones y los bolsos más bonitos. Los dos alquilan todoterrenos, viajan en avión y van en crucero. A simple vista, los objetos ostentosos de consumo a los que tienen acceso estos dos grupos, ya no residen en dos mundos completamente diferentes.

Puesto que ahora todo el mundo se puede permitir comprar bolsos de diseño y coches nuevos, los ricos han empezado a emplear símbolos más tácitos de su posición social. Sí, los oligarcas y los súper ricos todavía exhiben su riqueza con yates, Bentleys y mansiones valladas. Pero los cambios drásticos en la forma de gastar están motivados por una educada élite de gente adinerada, la “clase de los aspirantes”.

 ¿Cómo vive la élite moderna?
¿Cómo vive la élite moderna?

Esta nueva élite fundamenta su status en el precio del conocimiento y en construir capital cultural, por no mencionar los hábitos de consumo que ello conlleva – prefieren gastar en servicios, educación y en inversiones en capital humano por encima de bienes puramente materiales. Estos nuevos comportamientos para adquirir status son el “consumo discreto”. Ninguna de las opciones de consumo que entraña el término es inherentemente obvia ni de ostentosidad material, pero sí son todas ellas, sin lugar a dudas, elitistas.

Lo que quizás más predomine en EE. UU. es la aparición de la clase aspirante y sus hábitos de consumo. Los datos del Estudio de Gasto del Consumidor en EE. UU. revelan que, desde 2007, el 1% de los ciudadanos de élite del país (con ingresos superiores a 300.000 dólares al año) gasta mucho menos en bienes materiales, mientras que los grupos de rentas medias (con ingresos aproximados de 70.000 dólares al año) gastan lo mismo y constituyen una tendencia en alza.

Los ricos invierten mucho más en educación evitando el materialismo ostentoso – todo lo que no es material cuesta aún mucho más que todos los bolsos que pueda comprar un consumidor de renta media. Este 1% de élite dedica actualmente la mayor parte de sus gastos al consumo discreto, siendo la educación un área significativa de este consumo (que representa casi un 6% de los gastos domésticos de este grupo de élite del 1%, en comparación con un poco más del 1% del gasto de las rentas medias). En realidad, el gasto en educación del 1% de la élite ha aumentado 3,5 veces desde 1996, mientras que este gasto ha permanecido invariable durante el mismo periodo para las rentas medias.

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Es especialmente preocupante el gran abismo que existe entre el gasto en educación para las rentas medias y el 1% de élite en EE. UU. ya que, al contrario que los bienes materiales, la educación se ha encarecido cada vez más en las últimas décadas. Por tanto, existe una gran necesidad de destinar los recursos financieros a la educación para que este gasto se pueda afrontar. Según los datos del Estudio del Gasto de los Consumidores del periodo 2003-2013, el precio de las tasas universitarias creció un 80% mientras que el gasto en ropa femenina aumentó un 6% en el mismo periodo. La falta de inversión de la clase media en educación no sugiere una falta de prioridad en este aspecto, sino más bien revela que para los percentiles entre el 40 y 60, la educación es tan prohibitiva que casi no merece la pena ahorrar.

Aunque gran parte del consumo discreto es extremadamente caro, se refleja a través de símbolos menos caros pero igualmente aparentes – desde leer The Economist hasta comprar huevos de granja. En otras palabras, el consumo discreto se ha convertido en la clave a través de la cual la nueva élite exhibe su capital cultural al resto. La factura del aula preescolar lleva implícita que la bolsa del almuerzo debe incluir galletas de quinua y fruta orgánica.

Conocer estas reglas sociales que parecen a simple vista asequibles supone un rito de iniciación hacia la clase aspirante de hoy en día. Pero ese rito no tiene nada de barato: La suscripción a The Economist puede costar solo 100 dólares, pero la conciencia de ser suscriptor y de ser visto con un ejemplar en el bolso es probablemente el reflejo constante de que se pasa tiempo en un entorno de elitismo social y de instituciones educativas caras que premian a esta publicación y debaten sobre sus contenidos.

Quizás haya algo más importante, la nueva inversión en consumo discreto refleja privilegios que antiguamente el consumo ostentoso no podía. Es importante conocer los artículos de referencia en el New Yorker, o las charlas de los agricultores locales en el mercado en las que conviene participar si se quiere adquirir y exhibir capital cultural. Esto nos dejará entrar en las redes sociales que ayudan a forjar el camino hacia trabajos de élite, hacia contactos sociales y profesionales y hacia los colegios privados. En resumen, el consumo discreto confiere movilidad social.

La inversión en educación, en sanidad y en pensiones ejerce un impacto más profundo en la calidad de vida de los consumidores, y en las futuras oportunidades en la vida de las próximas generaciones. El consumo discreto de hoy en día encaminado hacia un status es una forma bastante más perniciosa de gasto que el consumo ostentoso de los tiempos de Veblen.

El consumo discreto – ya sea amamantar a un hijo o gastar en educación – es un medio hacia una mejor calidad de vida y mejora la movilidad social de nuestros propios hijos, mientras que el consumo ostentoso es un mero fin en sí mismo – simple ostentación. Para las clases aspirantes de hoy en día, las opciones de consumo discreto aseguran la conservación de status social aunque no sean necesariamente exhibidas.

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