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Entrevista con una de las escorts mejor pagadas de San Francisco, que nos habla sobre su extravagante mundo.

Ava Hudson es una prostituta de alto nivel, que ve solo a las personas más ricas y exclusivas. Es tan selectiva con los nuevos clientes, que ni siquiera hablará por teléfono con alguno hasta que un asistente haya llevado a cabo una verificación detallada de sus antecedentes, lo cual incluye llamar a sus referencias. Aunque recibe al empresario ocasional que va de paso por la ciudad, está especializada en establecer conexiones a más largo plazo con sus clientes – calidad sobre cantidad – y es realmente buena en ello.

Como reconoce Ava, sus experiencias como escort no son las habituales, y se ven afectados en gran medida por los privilegios que conlleva. Ella es alta, de largas piernas y con un atractivo convencional. También es de piel blanca, joven y con un alto nivel de educación.

Estos privilegios le permiten trabajar a puerta cerrada en lugar de dedicarse a la prostitución callejera más arriesgada. La blancura de su piel la hace significativamente menos propensa a ser considerada una víctima "de trata" en una incursión desacertada y destructiva. Debido a su apariencia, experiencia y educación, puede cobrar un precio mucho más alto que muchas otras, desde 600 $ para "cócteles" y hasta 10.000 $ por "una cita de fin de semana".

Como era de esperar, Ava es un almacén de historias extravagantes sobre su multitud de aventuras. Ante todo, sin embargo, es una chica encantadora, inteligente, política y con defectos. Se tropieza con tacones demasiado altos, está constantemente persiguiendo al gato del vecino para echarlo de su cocina, y está convencida de que nunca va al gimnasio con la frecuencia que debería. Asiste con regularidad a eventos locales del movimiento Black Lives Matter (Las vidas negras importan), está muy involucrada en la organización de la Marcha del orgullo de San Francisco y está estudiando un máster en psicología. Ava lucha por el reconocimiento del trabajo sexual como trabajo legítimo, y para que tanto ella como otros profesionales del sexo sean vistos como los auténticos y complejos seres humanos que son.

¿Cuándo y cómo irrumpiste por primera vez en la industria del sexo?

Cuando regresé a Canadá después de la universidad, era muy difícil conseguir trabajo, incluso para un graduado de la Ivy League. Después de solicitar numerosos puestos de trabajo para los que estaba demasiado cualificada, y no obtener respuesta, uno de mis amantes me sugirió que podría ser "el momento" de recurrir al trabajo sexual. Cuando me di cuenta, estaba trabajando en una “sala de masajes” ilegal del centro de la ciudad. Esa experiencia fue muy dura. Al final, terminé siendo despedida de ese trabajo porque intenté sindicalizar a las mujeres.

Había estado queriendo probar el trabajo de dominatrix por un tiempo, así que cuando dejé la sala de masajes me dediqué a ello durante unos años, trabajando en múltiples sitios por todo Toronto. ¡Era una locura! El trabajo era intermitente pero intenso – un semana estaba volando a Florida para comer en la mansión de Versace, y la siguiente semana era silencio radiofónico total. Cuanto más avanzaba en la industria del sexo, menos miedo tenía de ella.

Cuando me cansé del trabajo de dominatrix, hice algunas investigaciones y busqué la agencia de escorts mejor calificada de Toronto: Cupid’s Escorts. Me cautivó por sus principios éticos y el hecho de que la empresa fuera dirigida por una mujer. Era un trabajo muy emocionante y con un ritmo muy rápido. Tenía mi propio conductor que podía venir a buscarme a cualquier parte de la ciudad, y veía a los clientes en los hoteles y casas más elegantes. A pesar de las lujosas condiciones de trabajo, sabía que después de pasar algún tiempo con Cupid’s, sería más rentable para mí seguir adelante trabajando de forma independiente. Así que me separé de la agencia y me fui por mi cuenta.

¿Cómo es una sesión “común” con un cliente?

Me pongo en contacto con el cliente personalmente por teléfono, para poder conocernos el uno al otro. A menudo disfruto de buena comida y conversación con los clientes al inicio de una sesión. Literatura, arte, filosofía – casi cualquier cosa, ¡menos política! El cerebro es el órgano sexual más grande – si puedes estimular mi mente, entonces, entonces has intrigado mi cuerpo. La conversación es a la vez un elegante baile coreografiado y un afrodisíaco. A veces una comida solo es para lo único que tenemos tiempo; a veces pasamos a una actuación, evento o bar favorito antes de volver a un lugar privado para conectar más íntimamente.

¿Cómo han sido las citas con clientes más extravagantes que has tenido?

Uno de mis sueños era pilotar un avión, y uno de mis clientes me concedió ese deseo – copilotamos un vuelo a Nuevo México.

Adoro los encuentros con una pareja en particular, que vienen en avión desde la otra punta del país o el mundo para estar jutntos, y me incluyen en su intimidad. Me encanta verlos a retorcerse en éxtasis juntos, dando testimonio de ese tipo de conexión intensa que tienen; es fascinante. Esas noches son más escandalosas que las de Eyes Wide Shut!

Por supuesto, ha habido exorbitantes viajes de compras de 7.000 $, y viajes aburridos a balnearios de renombre, pero las cosas realmente lascivas suceden cuando los profesionales del sexo se reúnen con otros profesionales de la misma industria. ¿Ver a ocho mujeres guapísimas salir empapadas de un jacuzzi para servir copas de champán? Sí, por favor.

¿Cómo ha afectado este trabajo a tus relaciones personales, para bien o para mal?

Que te paguen por el sexo ciertamente ha cambiado algunas cosas. Lo más importante es que empecé a valorar el sexo que tuve en mi vida personal mucho más. Me hice más selectiva y refinada a la hora de elegir a mis amantes. ¿Qué podían ofrecerme que no fuera dinero o sexo? ¿Cómo de segura me siento para ser juguetona? Me comprometo menos ahora que cuando realizaba trabajos anteriores a este. Esto ha llevado a que profundice mis relaciones personales en las que estoy más comprometida, y a tratar con más ligereza mis encuentros casuales.

Ser una escort me enseñó especialmente el valor de la mujer para los hombres. Es una realidad aterradora y hermosa, que es mucho menos teórica para mí ahora. La vida civil nunca me enseñó lo mucho que los hombres necesitan a las mujeres, cómo el patriarcado solitario se debe a que carece de equilibrio en relación con lo femenino.

Eso no quiere decir que mis clientes sean personas tristes; es más que puedo sentir la vulnerabilidad de los hombres, ya que trabajo con ellos. ¿De qué sirve si no hay un sentido de compañerismo y conexión? Llevo este entendimiento conmigo donde quiera que vaya; afecta a la forma en que interactúo con todos y cada uno de los hombres en mi vida.

Una realidad del trabajo sexual es encontrar la manera de obtener beneficios económicos de nuestro tiempo y nuestros cuerpos, lo cual requiere fijar precios y mantener límites. ¿Hubo alguna vez momentos en que tuvieras problemas con eso?

Oh cielos, se trata de un proceso evolutivo. Lo que he aprendido con el tiempo es lo siguiente: Sigue siempre tu instinto. Aún así, mis límites más difusos se encuentran en torno al dinero y las mujeres. El dinero es el más obvio. Algunos límites podrían ser flexibles – en caso de que, por ejemplo, pagaran una parte considerable de mis préstamos de estudiante.

Tengo debilidad por trabajar con mujeres. La sexualidad femenina es muy querida para mí. Mi deseo de dar se nutre mejor cuando se reconoce mi trabajo – a veces un desafío para las mujeres que nunca han puesto en duda el trabajo que ofrecen a los hombres.

Recientemente trabajé con una clienta que me reveló en una sesión que se encontraba drogada con éxtasis. Esto tuvo un impacto enorme durante el tiempo que pasamos juntas y enturbió las conversaciones de consentimiento. Si esto hubiera ocurrido con un cliente masculino, probablemente habría reprogramado nuestra cita inmediatamente, pero mi deseo de llegar a donde estaba ella me hizo cuestionar ese límite. Al final, esta clienta no recordaba gran parte de nuestro tiempo juntas, lo que hizo sentirme incómoda. Ya he aprendido de esa lección.

El trabajo sexual implica intrínsecamente una gran cantidad de trabajo emocional, tanto que puede acabar pareciendo una sesión de terapia. ¿Cómo ha influido tu título académico en tu experiencia como terapeuta no oficial con tu clientela?

Llevo intentando responder a esa pregunta desde que empecé la universidad. Esto es algo que suelen decirme los clientes: "¡Esto ni siquiera se lo he contado a mi terapeuta!".

En cierta medida, el trabajo sexual proporciona a los clientes un anonimato que les hace sentir que pueden hablar de cualquier cosa sin ningún tipo de repercusión aparente. Por ejemplo, no estoy obligada a informar a nadie sobre lo que me cuenten cuando no llevo puesta la bata de terapeuta. Mi experiencia como trabajadora sexual me ha permitido comprender a los hombres, la sexualidad, el miedo, la alegría y la transformación.

Como resultado de ello, cuando me siento en mi silla de terapeuta me siento imperturbable en lo que a la desviación sexual se refiere. Los aspectos lujuriosos, sucios y creativos del sexo suelen verse empujados al subconsciente. Estos afloran cuando trabajo de escort, ya veces puedo trabajar con ellos a un nivel más sutil y físico. A veces no se trata del lugar o momento adecuados, o simplemente no quiero. Cuando trabajo como terapeuta necesito mantener mis canales abiertos y tener cuidado con mis respuestas por si estas pudieran desvelar algo.

Suelo referirme a los trabajadores no sexuales como "civiles". ¿Qué conocimiento sobre el sexo te gustaría compartir con todos y cada uno de los civiles?

Creo que la mayoría de las mujeres trabajan en el mundo del sexo de una forma u otra, ya sea de forma consciente o inconsciente. Este trabajo va mucho más allá del evidente intercambio de sexo por dinero. El mundo en el que vivimos obliga en cierta forma a las mujeres a vivir principalmente de los activos materiales de los hombres y a sentirse satisfechas con ello. Se trata de un modelo basado en la escasez, basado en la falsedad de que las ganancias materiales son suficientes para mantener a los seres humanos y niega el trabajo emocional no remunerado inherente a esos intercambios.

El trabajo sexual pone la transparencia en primer lugar y permite un tipo diferente de intercambio íntimo. Nada se pone en tela de juicio; la incertidumbre no existe; no se cuestionan las motivaciones o intenciones ocultas. Ambas partes ven recompensados ​​sus deseos. El trabajo sexual adulto consensuado cambia el paradigma de tal forma que otorga poder a todas las personas involucradas.

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