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Ser propietario de una magnífica mansión requiere ciertos sacrificios con el fin de preservar el patrimonio.

“Una aristocracia en una república” – señaló la escritora Nancy Mitford – “es como un pollo sin cabeza; puede que siga corriendo, pero de hecho está muerto”.

El nuevo libro “Great Houses, Modern Aristocrats” (Grandes casas, aristócratas modernos) del colaborador de Vanity Fair, James Reginato, ha sido creado para refutar la afirmación de Mitford. En la introducción del libro cuenta:

“Aunque muchos de los protagonistas de este libro ya no son jóvenes, he llegado a ver lo modernos que fueron cuando consiguieron adaptarse a los nuevos tiempos y conceptos cambiantes de las propiedades de la familia”.

Eso no aparece realmente en la portada del libro de 16 magníficas casas de siglos de antigüedad y sus propietarios. Reginato relata que herederos en apuros se vieron obligados a abrir sus casas a interminables grupos de turistas y una mujer con más títulos que la Reina de Inglaterra se tuvo que mudar de una mansión georgiana a una granja.

Otro propietario, John Crichton Stuart, el 7º Marqués de Brute, no pudo mantener Dumfries House, una villa paladiana del siglo XVIII en Ayrshire, Escocia, además de su otra propiedad, una mansión neogótica; y sólo la intervención de Carlos, Príncipe de Gales, evitó que la casa y sus interiores llegaran al mercado. “La subasta fue cancelada”, escribe Reginato. “Y varios camiones llenos de tesoros que habían sido enviados a Londres, fueron devueltos a la casa”.

Un vistazo a las mansiones de la aristocracia moderna
La gran biblioteca en Goodwood House en Sussex Occidental.

¿Pero habría sido eso tan malo en realidad?

Desde el punto de vista de los fans de Downton Abbey, estos lores, damas, marqueses y condes participan en una lucha noble, quizás incluso quijotesca, por preservar el esplendor y la belleza de las propiedades de sus familias. Desde una perspectiva más republicana, Reginato ha documentado un pequeño grupo de personas unidas por su propia voluntad a una colección de mansiones insosteniblemente grandes. Pocos compadecerían a la bisnieta de un banquero de inversión que lucha por mantener su casa de vacaciones en Long Island. Sin embargo, las dificultades de estos “aristócratas modernos” no son tan diferentes. Simplemente han tratado con ellas durante más tiempo.

Un vistazo a las mansiones de la aristocracia moderna
Luggala, una mansión en el Condado de Wicklow, Irlanda, propiedad de un heredero del imperio de Guinness.

La mayoría de las casas que describe Reginato se encuentran en el Reino Unido, sus propietarios pertenecen a una clase terrateniente cuyo dinero y poder comenzó a disminuir con el inicio de la Revolución Industrial. Cuando llegó la Primera Guerra Mundial y los hijos de la nobleza terrateniente del Reino Unido fueron masacrados (1.157 graduados de Eton murieron en la batalla de 1914 a 1918), las grandes casas del país se encontraban en un estado de deterioro. Sólo movimientos astutos como matrimonios ventajosos mantuvieron las casas funcionando (Blenheim, la colosal mansión cerca de Oxford, fue “salvada” por un matrimonio sin amor entre el 9º Duque de Marlborough y la acaudalada heredera estadounidense Consuelo Vanderbilt).

Incluso la familia Rothschild, cuyos intereses bancarios la hicieron relativamente inmune al cambiante paisaje de la economía británica, abandonó Waddesdon Manor, su casa espectacularmente ornamentada en Buckinghamshire. “Tras la Segunda Guerra Mundial”, escribe Reginato, “Waddesdon se hizo demasiado difícil de mantener, incluso para un Rothschild”. La casa, su contenido, y 66 hectáreas fueron legados al National Trust del Reino Unido.

Un vistazo a las mansiones de la aristocracia moderna
Waddesdon Manor, donada por la familia Rothschild al National Trust

La lista continúa. La familia Fiennes, propietaria del Castillo de Broughton desde 1377, vive en el “lado privado” de la casa; el resto está abierto al público, que paga 9 libras por la entrada. Reginato escribe que miembros de la familia de vez en cuando se hacen cargo de la caja detrás del mostrador en la tienda de regalos de la casa.

Lord Edward Manners, el segundo hijo del 10º Duque de Rutland, heredó una casa señorial en Derbyshire; convirtió una de sus dependencias en una posada (“The Peacock”) y deja entrar a los turistas a los salones de gala de la casa solariega durante el verano. Reginato señala que “mientras que algunos puede que vean el hecho de asumir una propiedad antigua enorme como una carga, Manners lo llama “un maravilloso proyecto de vida”.

En otras palabras, todas estas personas son aristócratas, pero no son una clase dominante. Los gestores de fondos de cobertura, en cambio, no tienen que cobrar una tarifa de entrada para ver sus habitaciones.

Un vistazo a las mansiones de la aristocracia moderna
La tercera sala para recepciones en el palacio de Blenheim.

Sin embargo, hay algunas excepciones.

Dos casas pertenecientes a la inmensamente rica familia Cavendish son descritas en el libro. Una de las residencias es una casita de campo relativamente modesta, ocupada una vez por la fallecida duquesa viuda de Devonshire, que dejó su casa de Chatsworth de 297 habitaciones cuando su hijo asumió el ducado de su marido. Reginato cita que ella siempre ha apreciado el encanto de este tipo de viviendas.

“El lujo de tener todo tan pequeño es simplemente increíble”, dice la Duquesa. La otra casa de Cavendish que aparece en el libro es el castillo de Lismore, en el condado de Waterford, Irlanda, que Reginato describe eufemísticamente como el “hogar extra” de la familia.

Un vistazo a las mansiones de la aristocracia moderna
La difunta Deborah Vivien Freeman-Mitford Cavendish, duquesa viuda de Devonshire, en su casa, conocida como The Old Vicarage (La Antigua Vicaría)

Quizás la más magnífica de las grandes casas del libro es propiedad de una realeza más reciente. Dudley House, la residencia londinense del jeque Hamad bin Abdullah Al-Thani de Qatar, abarca unos 4.000 m2 e incluye 17 dormitorios y un salón de baile de unos 15 m de largo. Su valor estimado es de unos 400 millones de dólares. Cuando la reina Isabel visitó la residencia, según se informa, comentó con sequedad que “...hace parecer el Palacio de Buckingham bastante soso”.

Un vistazo a las mansiones de la aristocracia moderna
Un interior de la casa Dudley House en el centro de Londres.

Y aunque esto podría ser un cumplido de un miembro de la realeza a otro, habla de una verdad fundamental de que la percepción de la “verdadera” aristocracia en el molde europeo ha llegado a implicar una especie de gloria desaparecida, como se ve en las páginas del hermoso libro de Reginato. Lo que se olvida convenientemente, en medio de esta valorización y nostalgia de un tiempo antiguo y refinado, es que cada una de estas casas fueron construidas, para demostrar la riqueza, el poder y el prestigio de sus respectivos dueños. Del mismo modo, los verdaderos aristócratas de hoy en día construyen sus casas por las mismas razones; sólo que los títulos de nuestra nobleza los otorga un consejo de administración, no la Reina.

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