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Los científicos afirman que el intelecto está determinado no tanto por la genética como por el entorno y los hábitos cotidianos. ¿Podrías ser más inteligente si adoptas el modo de vida de los genios?

Más de 10 horas de sueño y no llevar calcetines - ¿podría ser ese el secreto para tener la mente de un genio?

El laureado inventor y físico Nikola Tesla ponía la mano en el fuego por sus ejercicios para los dedos del pie – todas las noches se masajeaba los dedos repetidas veces, 100 veces en cada pie, según el autor Marc J Seifer. Aunque no está del todo claro lo que exactamente implicaba ese ejercicio, Tesla afirmaba que le ayudaba a estimular las células del cerebro.

El matemático más prolífico del siglo XX, Paul Erdos, prefería otro tipo de estimulante: la anfetamina, que usaba para borracheras que duraban 20 horas. Cuando un amigo apostó 500 dólares a que no podría dejar de tomarla en un mes, solo se quejó diciéndole “Has retrasado las matemáticas un mes”.

Mientras tanto, Newton fanfarroneaba sobre los beneficios del celibato. Cuando murió en 1727 había transformado para siempre nuestra percepción del mundo natural y dejó 10 millones de palabras en anotaciones; también era, en todos los sentidos, todavía virgen (Tesla también practicaba el celibato aunque posteriormente declaró haberse enamorado de una paloma).

Muchas de las mentes científicas más brillantes del mundo también eran extremadamente raras. Desde la absoluta prohibición de los frijoles de Pitágoras hasta los ‘baños al aire libre’ que Benjamin Franklin se daba desnudo, el camino hacia la excelencia se cimienta con ciertos hábitos realmente extraños.

Pero ¿qué ocurre si estos son algo más que hechos superficiales? Los científicos tienen cada vez más claro que el intelecto está menos relacionado con la suerte de la genética de lo que creemos. Según el último estudio realizado en casos reales, alrededor del 40% de lo que diferencia a los listos de los zoquetes en la vida adulta, es su entorno. Nos guste o no, nuestros hábitos diarios tienen un poderoso impacto en nuestro cerebro, dando forma a su estructura y cambiando nuestro modo de pensar.

¿Qué podemos aprender de los estrafalarios hábitos de Einstein?
Nikola Tesla

De todas las grandes mentes de la historia, se puede decir que el rey en la combinación genio y hábitos raros, fue Albert Einstein – de manera que ¿qué mejor personaje para observar y descubrir sus comportamientos si queremos mejorar nuestra mente, e intentarlos nosotros mismos? Nos enseñó a desintegrar la energía en átomos así que quizás, solo quizás, pueda enseñarnos una o dos cosas sobre cómo exprimir al máximo nuestros pequeños y mortales cerebros. ¿Podríamos beneficiarnos en algo de los hábitos de sueño, de la dieta de Einstein, en incluso de su estilo a la hora de vestir?

10 horas de sueño y siestas de un segundo

Todo el mundo sabe que dormir es bueno para nuestro cerebro – y Einstein se tomó este consejo más en serio que la mayoría. Se ha dicho que dormía por lo menos 10 horas al día – casi el doble de lo que duerme un americano medio hoy en día (6,8 horas). Pero ¿se puede realmente forjar el camino hacia una mente aguda durmiendo?

El escritor John Steinbeck mencionó en una ocasión: “Es normal que un problema que resulta difícil por la noche sea resuelto por la mañana tras intervenir en él el comité del sueño”.

Muchas de los avances más radicales de la historia de la humanidad, entre los que se incluye la tabla periódica, la estructura del ADN y la teoría de la relatividad especial de Einstein, han tenido lugar supuestamente aunque fueron descubiertos de forma inconsciente. Esta última le llegó a Einstein mientras soñaba que unas vacas se electrocutaban. Pero ¿eso es realmente verdad?

Retrocediendo a 2004, los científicos de la Universidad de Lubeck, Alemania, probaron la idea con un simple experimento. En primer lugar enseñaron a voluntarios a jugar a un juego de números. La mayoría lo cogieron gradualmente con la práctica, pero en realidad la forma más rápida de mejorar era desvelar una regla secreta. Cuando se examinaba a los estudiantes de nuevo ocho horas después, aquellos que habían podido dormir tenían más del doble de probabilidades de entender las reglas que los que permanecieron despiertos.

Cuando nos quedamos dormidos, el cerebro entra en una serie de ciclos. Cada 90-120 minutos el cerebro fluctúa entre el sueño ligero, el sueño profundo y una fase asociada con soñar conocida como Rapid Eye Movement (fase REM), que hasta hace poco se pensaba que ejercía un papel primordial en el aprendizaje y la memoria. Pero esta no es toda la historia. “El sueño fuera de la fase REM ha sido un poco misterioso, aunque pasamos en torno al 60% de la noche en este tipo de sueño”, según Stuart Fogel, un neurocirujano de la Universidad de Ottawa.

El sueño fuera de la fase REM se caracteriza por ráfagas de actividad rápida del cerebro llamadas “los husos del sueño” cuyo nombre se debe al zigzag en forma de huso que trazan las ondas de un electroencefalograma (EEG). El sueño normal de una noche encierra miles de estas ráfagas que dura cada una muy pocos segundos. Menciona que “Es realmente la puerta hacia otras fases del sueño – cuanto más dormimos, más de estas ráfagas tendremos”.

¿Qué podemos aprender de los estrafalarios hábitos de Einstein?
Einstein con el físico danés Niels Bohr

Los husos del sueño comienzan con una explosión de energía eléctrica generada por la rápida activación de las estructuras profundas del cerebro. El principal culpable es el tálamo, una región de forma ovalada que actúa como principal “centro de conexión” del cerebro, enviando señales sensoriales de entrada en la dirección correcta. Mientras dormimos, actúa como un tapón en el oído, codificando la información del exterior, ayudándonos así a permanecer dormidos. Durante los husos del sueño, la explosión sube hasta la superficie del cerebro y vuelve a bajar hasta completar un bucle.

De forma misteriosa, quienes experimentan más actividad de husos del sueño tienden a tener una “inteligencia más fluida” – la habilidad de resolver nuevos problemas, usar la lógica en nuevas situaciones e identificar modelos – del tipo que Einstein tenía a raudales.

“No parece estar relacionada con otros tipos de inteligencia, como es la actividad de memorizar hechos y cifras, de manera que es realmente específica de estas competencias de razonamiento”, comenta Fogel. Esto se enlaza bien con el desdén de Einstein hacia la educación convencional y con su consejo de “no memorizar nunca nada que se pueda buscar”.

Y aunque es cierto que cuanto más se duerma más husos del sueño se tienen, esto no demuestra necesariamente que sea beneficioso dormir más. Se trata del caso del huevo y la gallina: ¿se consiguen tener más husos del sueño por ser más inteligente, o se es más inteligente porque se poseen más husos del sueño? No hay aún veredicto pero un reciente estudio ha demostrado que dormir por la noche en el caso de las mujeres – y la siesta en el caso de los hombres – puede mejorar el razonamiento y la habilidad de resolver problemas. Fundamentalmente, los puntos álgidos en la inteligencia se relacionaban con la presencia de los husos del sueño, que solo tenían lugar durante el sueño nocturno en las mujeres y los ratos de sueño diurno en los hombres.

Todavía no se sabe por qué los husos del sueño ayudarían, pero Fogel piensa que puede tener algo que ver con las regiones activadas.

“Hemos descubierto que las mismas regiones que generan husos – el tálamo y la corteza cerebral [la superficie del cerebro] – son las mismas que soportan la habilidad de resolver los problemas y aplicar la lógica en nuevas situaciones”, comenta.

Afortunadamente para Einstein, también dormía regularmente siestas. Según la leyenda apócrifa, para garantizar que no se iba a pasar, se recostaba en su sillón con una cuchara en la mano y un plato de metal justo detrás. Se quedaba frito durante un segundo y entonces - ¡bum! – la cuchara se le caía de la mano y el sonido que hacía al golpear el plato lo despertaba.

Paseos diurnos

Los paseos diurnos eran sagrados para Einstein. En la época en la que trabajaba en la Universidad de Princeton, Nueva Jersey, solía pasear los casi dos kilómetros y medio de ida y vuelta hasta allí. Seguía las huellas de otros diligentes paseantes como Darwin, que andaba todos los días durante 45 minutos.

Esta costumbre diaria de pasear solo era por estar en forma – existe un montón de pruebas de que el pasear puede aumentar la memoria, la creatividad y la resolución de problemas. Al menos para la creatividad, pasear al aire libre es lo mejor. Pero ¿por qué?

¿Qué podemos aprender de los estrafalarios hábitos de Einstein?
¡Hay que pasear! Einstein lo recomienda

Cuando pensamos en ello, no tiene mucho sentido. Los paseos distraen la mente de otras tareas del cerebro y lo obliga a centrarse en poner un pie delante del otro para no caernos.

Busca “hipofrontalidad transitoria” – traducido al inglés básico, este impresionante vocablo implica esencialmente reducir la actividad en ciertas partes del cerebro. Sobre todo en los lóbulos frontales, implicados en los procesos superiores como la mejoría, el juicio y el lenguaje.

Si damos otra vuelta de tuerca, el cerebro adopta un estilo totalmente diferente de pensamiento – que implica adquirir conocimientos que no se conseguirían sentado en una mesa de trabajo. Todavía no existen pruebas que evidencien los beneficios de pasear, pero es una idea seductora.

Comer espaguetis

Y ¿qué comen los genios? Pues no está claro lo que alimentaba a la extraordinaria mente de Einstein, aunque Internet proclama de forma algo dudosa que eran espaguetis. Él bromeaba con que, entre lo que más le gustaba de Italia estaban “los espaguetis y el matemático Levi-Civita”, así que vamos con eso.

Aunque los carbohidratos siempre han tenido mala reputación, Einstein dio en el clavo. Todo el mundo sabe que el cerebro es una panza glotona que siempre está engullendo comida, que consume el 20% de la energía del cuerpo aunque solo representa el 2% de su peso (en el caso de Einstein puede que incluso menos – su cerebro pesaba solo 1.230 gr en comparación con el peso medio que ronda 1.400 gr). Igual que el resto del cuerpo, el cerebro prefiere picotear monosacáridos como la glucosa, derivados de carbohidratos. Las neuronas necesitan un suministro casi continuo y solo aceptará otras fuentes de energía cuando estén desesperadas. Y ahí reside el problema.

A pesar de su diente dulce, el cerebro no tiene forma de almacenar energía así que cuando los niveles de glucosa en la sangre caen, rápidamente se queda sin ella.

“El cuerpo puede liberar algo de sus propias reservas de glucógeno expulsando hormonas como el cortisol, pero estas tienen efectos secundarios”, menciona Leigh Gibson, profesor de psicología y fisiología de la Universidad de Roehampton.

¿Qué podemos aprender de los estrafalarios hábitos de Einstein?
Fumar no es aconsejable, Einstein no era consciente de todos los riesgos que entrañaba para la salud

Entre estos se incluyen el conocido aturdimiento y confusión que sentimos cuando nos saltamos la cena. Un estudio reveló que quienes seguían dietas bajas en carbohidratos tienen tiempos de reacción menores y una reducida memoria espacial – aunque solo a corto plazo (tras unas semanas, el cerebro se acostumbrará a almacenar energía de otras fuentes como las proteínas).

Los azúcares pueden aportar al cerebro un valioso estímulo pero desgraciadamente esto no significa que un atracón de espaguetis sea una buena idea.

“Normalmente, las pruebas revelan que alrededor de 25 gr de carbohidratos es beneficioso, pero si doblamos esa ingesta podemos realmente empeorar nuestra capacidad de pensar”, dice Gibson.

Como referencia, eso es alrededor de 37 tiras de espagueti, que es mucho menos de lo que parece (alrededor de la mitad de la ración recomendada). “No es tan sencillo como parece”, dice Gibson.

Fumar en pipa

Hoy en día, todos conocemos los muchos riesgos que entraña fumar para la salud, así que no es un hábito que debamos seguir. Pero Einstein fue un ávido fumador en pipa, conocido en el campus tanto por la nube de humo que le seguía como por sus teorías. Todo el mundo sabía que le encantaba fumar, lo que él creía que “contribuía a ejercer un juicio en cierto modo calmado e imparcial en todos los temas humanos”. Incluso cogía colillas de la calle y restos de tabaco y los ponía en su pipa.

No es precisamente el comportamiento de un genio, pero en su defensa hay que decir que, aunque se hayan ido acumulando pruebas desde los años 40, el tabaco no se ha asociado públicamente al cáncer de pulmón y a otras enfermedades hasta 1962 – siete años después de su muerte.

Hoy en día los riesgos no son ningún secreto – fumar frena la formación de las células del cerebro, estrecha la corteza cerebral (la capa exterior arrugada responsable de la conciencia) y priva al cerebro de oxígeno. Lo justo es decir que Einstein era brillante a pesar de este hábito – no debido a él.

Pero existe un último misterio. Un estudio de 20.000 adolescentes en EE. UU., cuyos hábitos y salud fueron analizados durante 15 años, reveló que independientemente de la edad, origen étnico o educación, los niños más inteligentes crecen fumando más y con más frecuencia que el resto de nosotros. Los científicos todavía no saben el motivo de esto, aunque misteriosamente no es cierto en todo el mundo – en el Reino Unido los fumadores tienden a tener menor CI.

No llevar calcetines

¿Qué podemos aprender de los estrafalarios hábitos de Einstein?

Ninguna lista de excentricidades de Einstein estaría completa sin mencionar su ferviente aversión a los calcetines. “Cuando era joven”, escribió en una carta a su prima – y después mujer – Elsa, “descubrí que tener un dedo grande en el pie siempre acaba haciendo un agujero en el calcetín. Así que dejé de llevar calcetines”. Más adelante en su vida, cuando no encontraba sus sandalias, solía ponerse los zapatos slingback de su mujer Elsa.

Parece que el exagerado look hipster de Einstein no le hizo ningún favor. Lamentablemente, no ha habido estudios directamente dirigidos al impacto de no llevar calcetines, pero el vestir de manera informal en vez de llevar un look formal, se ha asociado a malos resultados en los tests y pobreza en el pensamiento abstracto.

Y qué mejor forma de acabar que con un consejo que él mismo daba. En 1955 comentó a la revista LIFE:

“Lo importante es no dejar de hacer preguntas: la curiosidad tiene su propia razón de existir”.

Si no, se puede intentar hacer los ejercicios con los dedos de los pies. Quién sabe, igual funciona. ¿No te mueres por averiguarlo?

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