¿Por qué no invierten los millennials?
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Le explicamos por qué los jóvenes de ahora prefieren el café de Starbucks a la estabilidad financiera futura.

La única vez que vi a mi madre realmente en un banco fue el día que mis padres se sentaron en la mesa de la cocina y decidieron finalmente divorciarse, muy a pesar de los vecinos que tenían el oído al alcance de nuestra casa en el barrio. Se dieron la mano y mamá se excusó y nos llevó a los dos directamente al banco para retirar hasta el último dólar de la cuenta conjunta que tenía con mi padre.

Poco después de mi cuarto cumpleaños nos mudamos de nuestra casa a una serie de apartamentos enanos, uno tras otro. Los asuntos importantes de mi temprana vida eran negociados en las oficinas de cambio (donde se podía pagar por cualquier servicio público antes de que lo cortaran), en las oficinas de la Seguridad Social y en los bancos de comida que se habían quedado sin local en la iglesia. No tenía idea de lo que era una tarjeta de crédito. Pensaba que la gente rica simplemente se sumergía en montañas de monedas de oro en sus salones repletos de dinero.

Crecí sin blanca, pero tenía contacto con el tipo de riqueza que permitía a mis compañeros de clase tener coches con elevalunas eléctricos y varios vaqueros de calidad. Nunca pensé que iba a racionar meticulosamente la más mínima cantidad de dinero que pudiera llegar a poseer.

Sé que debería haber invertido en un par de esas fuertes correas de las que siempre hablan los que dan su discurso en las ceremonias de graduación, pero ¿qué significa eso? ¿Pagar el alquiler, dejar algo para la factura del teléfono, una pizca de calderilla para la factura de la luz, repartir los 20 dólares que quedan entre la lavandería y una cartera de acciones? Todo parecía inabordable. Pero los años de penurias económicas que pasé o el estar estresada por el dinero no me motivaron a ahorrar; me hicieron querer gastar más y disfrutar inmediatamente de los frutos que me daban los 7,25 dólares a la hora que ganaba escuchando a la gente en mi trabajo de atención al público.

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Mi primer puñado de trabajos en el instituto fueron curros de canguro, y voy a ser totalmente sincera en cuanto a cómo me gasté ese dinero: muchos ejemplares de la revista Sassy; “Fumbling Towards Ecstasy” de Sarah McLachlan y “Post” de Bjork en cassette; todas las barras de labios de color marrón y granate que había en la perfumería y que me cabían en las manos y Doc Martens con puntera de acero. Ni una sola vez pensé que tenía que ahorrar para cuando no hubiera.

Los primeros 15 miserables años de mi vida habían sido para mí un periodo de enorme precariedad, durante el cual me quedaba ensimismada mirando todas las cosas que tenían mis compañeros de clase. En cuanto me dieron mi primer sobre de 20 dólares por perseguir a dos bebés llamados Tommy y Caroline corriendo por sus habitaciones de juego, las cuales dejaban enano a nuestro apartamento entero, empecé a tramar todo lo que iba a comprar con ellos, como cambiar mi insulsa mochila azul.

Cuando conseguí mi primer cheque de verdad abrí una cuenta corriente en el banco que estaba al otro lado de la calle de mi trabajo, sin que se me pasara siquiera por la imaginación abrir una cuenta de ahorro ni informarme sobre inversiones. Esas cosas eran para adultos, los adultos que no tenían que compensar tantos años de necesidades.

Intentaba llenar este agujero dentro de mí con “cosas que no pude tener cuando era niña” y asumí que un día, cuando hubiera finalmente comprado las suficientes revistas y comida basura de marca, ese sentimiento desaparecería. Pero no ha sido así y como sé lo que vale un dólar, cuando tengo uno quiero comprar lo mejor que pueda con él.

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Y sigo siendo así: Todavía compro libros de tapa dura sin descuento, sueño despierta con lo que voy a comprar con mis 401.000 dólares cuando los saque rápidamente, porque, para qué engañarnos, no voy a vivir hasta los 65, ¿estás loca? No tengo deudas porque nunca he poseído nada y abandoné la facultad antes de que me fuera imposible gestionar mis préstamos. Todo lo pago en metálico. Mi archivo de préstamos era tan escueto por vivir durante tantos años fuera de la red, que cuando finalmente me decidí por solicitar una Discover card, en Experian pensaban que había estado muerta.

¿Alguna vez se llenará mi pozo interno de deseo sin fondo? ¿Habrá cantidad de dinero suficiente para saciar por completo esta bestia hambrienta? ¿Alguna vez Netflix, Spotify y HBO dejarán de darme acceso ilimitado a las horas y horas de entretenimiento que me distraen del hastío que supone la realidad de mi vida? ¿Cuántas barras de labios son demasiadas?

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La otra noche me daban vergüenza mis zapatos cuando estaba en un sofisticado bar de cócteles y mientras hablaba con una conocida. Estoy segura de que ella es realmente igual de pobre que yo. Hizo un aspaviento a propósito en la barra para enseñar su gigante cartera de diseño y se puso a rebuscar dentro dinero de blanqueo para pagar su Sazerac. “Es una cartera preciosa” comenté tomando un sorbo de mi modesta consumición. “¿Has recibido algún pago benéfico últimamente?” Se reía a carcajadas mientras dejaba caer por su garganta con un gran trago su deducción por el Obamacare. “Querida, esto lo compré con el dinero que debía haber usado para pagar mi coche”. Tintineé los hielos de mi copa a la salud de las comisiones por descubierto en mi cuenta corriente, y asentí solemnemente.

Somos muchos los que vivimos así, ¿verdad? ¿Cómo gasta la gente el dinero en lo que quiere cuando tiene que emplearlo en lo que necesitan? Es fácil burlarse de quienes compran tostadas de aguacate con su paga, pero ¿qué más da si no estoy gastando el dinero de mi madre? ¿Qué más da si no está claro cómo voy a dar una señal para comprar una casa que necesito para vivir con cero dólares en mi cuenta corriente? Seguro que hay un asesor financiero en algún lugar que me explicará con unas operaciones numéricas cómo pagar a plazos un garaje para tres coches ganando 20.000 dólares al año, pero como no me puedo permitir sus servicios, simplemente me quedaré aquí en un brunch de cóctel Mimosa hasta la saciedad.

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Lo que está claro es que necesito ser rica. Tengo que inventar una app o me tiene que atropellar un autobús. Tengo que empezar a jugar a la lotería. Lo que ocurre es que, si gano, necesito definitivamente un administrador de fortunas o al padre de Britney Spears para que me dé una paga semanal, porque no soy de fiar. Me compraría media docena de pares de gafas y me bajaría de forma legal un puñado de películas que ni siquiera me gustan para gastar el cheque. Me compraría la muñeca Rainbow Brite que no me regalaron en la navidad de 1986, y la llevaría en mi flamante coche de gasolina con las ventanas eléctricas bajadas y el aire acondicionado a tope, comiendo a saco cereales de marca y dando sorbos a un zumo caro.

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